gente dispersa

Me falta, te falta, nos falta.

Posted in Correspondencias by jordi beltran gimeno on octubre 14, 2009

Ya sé que vas a rezar. Está bien, puedes hacerlo, pero es mejor que lo pienses”

L.T.

Los tiempos cambian nuestras percepciones. Y entonces lo que hace un siglo era miedo a la muerte ha pasado a ser miedo a ser viejo: a todo lo que representa hacerse mayor, a la ignorada manera en que vamos a llegar a ese punto de no retorno.

Y, mientras tanto, vamos consumiendo todo lo que tenemos a nuestro alrededor -incluso la creatividad se usa de materiales desechables, a veces efímeros-. Porque eso es todo lo que necesitamos para ser felices -gastar y gastar-, para que nuestro nivel de serotonina se nos dispare y nos recuerde que, sí, todo esto vale la pena.

Nuestra nueva religión cabe en una tarjeta de crédito. La fe no ocupa lugar. Y casi todo el tiempo andamos maldiciendo. Que si calor, que si frío, que si no me apetece, que si esto, que si lo otro. Y anotamos, eso sí, minuciosamente, en una agenda o en nuestra memoria, el día y la hora en que tenemos que hacer aquello que sí, ahora ya podemos decirlo, nos gusta de verdad, y con lo que nos sentimos llenos de gozo. Cuánta desolación comprobar que la visita a Ikea se nos antoja como uno de esos momentos. Es todo un acontecimiento, está preparado para que así sea. Desde una visión puramente mercantilista, las cosas nos aparecen por la mera regla de la oferta y la demanda; a la práctica, podemos hablar de la existencia de un filtro político y social real. Hay libertad de elección, sí, pero sesgada. Digamos que todo el mundo puede encontrar aquello que necesita o que le falta. Y así nos vamos rodeando de objetos a los que les otorgamos cierto valor simbólico. Les damos una vida y ellos, agradecidos, se ocupan de definirnos. Nos dotan, ante la mirada del otro, de la porción de cliché necesaria para ser reconocido, ubicado y clasificado. Y tenemos vida: yo soy yo y mis objetos.

Los países desarrollados abastecen al ciudadano de una infinita gama de productos que colman su dicha. Pero nunca es suficiente. La felicidad no se compra y, en realidad, nadie sabe realmente de qué se trata. La andamos buscando en cada esquina y todo el tiempo. Como ya se sabe, los países con mayor renta per capita son los que tienen un mayor índice de suicidio. La depresión, como patología, se ha instalado en todo estos países; porque no tenemos tiempo para rebelarnos (ni sabemos exactamente cómo hacerlo), pero sí para pensar en todo aquello que no tenemos o que nos falta, en cómo sería nuestra vida si…

¿Nos adormecen entonces? Somos una generación amansada, ¿la canción protesta volverá? ¿Acaso se fue algún día?.

Los miedos mutan con el paso de los días. Ya no tenemos miedo a morir. Tenemos miedo a estar realmente jodidos cuando seamos viejos. A no aguantarnos ni a nosotros mismos. Y tener miedo sí ocupa lugar. O, mejor dicho, nos deja un hueco que hay que rellenar, como sea con lo que sea. Y buscamos, entonces, el equilibrio. Como Minnie encuentra a Moskowitz (Minnie & Moskowitz de Cassavetes, 1971). Dos personas sin nada en común más que la desolación y la soledad. Se necesitan el uno al otro porque necesitan la referencia: sentir que el centro de gravedad vuelve a estar en el lugar correcto. Deciden, así, consumirse. Gastarse el uno al otro. Moskowitz es la parte que le falta a Minnie en ese preciso momento de su vida. Porque, seamos serios, Minnie nunca se hubiera fijado en Moskowitz en otras circunstancias.

Suficientemente felices para no gritar, demasiado hastiados como para no sentirse vencedores: dichosa condición humana…

Voy a rezar un rato, se me ha estropeado el televisor.

2 comentarios

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  1. N said, on octubre 26, 2009 at 8:10 pm

    Siendo muy simplistas, podríamos decir que los objetos nos hacen a nosotros mismos sujetos consumibles. Y -esto es sólo el batido de las ideas que he leído- una finalidad de ese abastecimiento de identidad material(aunque haya quien la consiga moderandose en su consumo, para así venderse como persona al margen del mercado) es superar ese miedo al porvenir en el escaparate, descoloridos, cansados de intentar que alguien nos compre.
    ¿Nos gustan los muebles de diseño o nosotros gustamos por tener muebles de diseño? Y no, no me refiero a Ikea…

  2. gentedispersa said, on octubre 28, 2009 at 5:29 pm

    El descarte es una elección. Pero si hablamos de consumir, no nos satisface tanto. Diferente. A otro nivel quizás.


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