gente dispersa

De repente, un extraño

Posted in Correspondencias by jordi beltran gimeno on noviembre 21, 2009

Perros de Paja, Sam Peckinpah (1971). Basada en el libro de Gordon M. Williams “The siege of Trencher’s Farm”.
En Cornualles (Inglaterra), lugar donde sucede el film, todo está ubicado, los habitantes se mueven dentro de lo que podríamos denominar un círculo. Los habitantes son gente que allí ha nacido, que allí se ha criado, hijos de la misma tierra que sus padres, abuelos, tatarabuelos. Forman un colectivo homogéneo: costumbres, ropas, hábitos. Sus vidas giran entorno a la vida del pueblo, viven en y para él. Los habitantes todos se conocen, los lazos de carácter administrativo que pueda haber se disuelven en ese ambiente tan familiar. Así, las distancias se acortan, son una Comunidad.
Acostumbra a ser molesto esperar “al nuevo”, a esa persona que va a coexistir en breve contigo, ya sea en el trabajo o en un piso compartido. Evidentemente, no siempre es así y, a veces, la curiosidad forma una extraña ilusión por conocer cuanto antes a la incógnita. Es decir, en el mejor de los casos, estamos temerosos ante la inminente bienvenida: deseamos que salga bien. En otros casos el extraño, simplemente, aparece. Como en los pueblos o Comunidades de carácter cerrado y delimitado. El forastero no puede pasear por el lugar sin que las ventanas, recelosas, se le abran a su paso, entornadas, vigilando sus movimientos y maneras. Digamos que no puedes, simplemente, ser el nuevo y pasar desapercibido. De la misma manera que no puedes entrar a formar parte de un club o sede sin pasar algún que otro requisito -léase rito de paso, léase novatada-.
Perros de Paja (II)
Quién iba a decir que la vida del pueblo se agitaría ante la llegada del matemático David Sumner y su mujer Amy. Se han comprado una casa puesto que ella había vivido allí de pequeña. Han escogido lo rural como sinónimo de paz y tranquilidad. Pronto las diferencias de clases se apreciaran en las maneras de David, y el pueblo, esa Comunidad que abarca todos y cada uno de los límites de la villa, sentirá la presión de lo extraño: la intimidad que les otorgaba la Comunidad se tambalea.
Sin embargo, por una extraña razón nuestro particular héroe se ve empujado, durante las salidas de casa para realizar pequeñas compras, a entrar al único bar del pueblo con el fin de relacionarse. Pronto comprenderá que no comprende. No es capaz de interactuar en consonancia, las diferencias de estilo de vida borran cualquier indicio de atracción. No hay complementariedad, fraternalidad ni atracción. David y Amy sufrirán pronto la presión, la furia, la violencia pero, también el miedo de un colectivo que ve como su universo particular es invadido, perforado, habitado. Debe haber sanción, piensa el pueblo.
He aquí la figura del forastero, el extraño que trae consigo otras costumbres. Y los locales, recelosos de tales hábitos, comprenden que aquello rompe la armonía. La historia de Perros de paja no ocurre en California, ni en Texas, y tampoco en México. Y Dustin Hoffman no monta caballo alguno. Pero Sam Peckinpah volvió a rodar otro western.

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